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Polo
a Carlos Arienti, in memoriam
Palabras tumefactas,
mordedura interior,
balbuceos de mascullada muerte.
Sus tensos globos oculares
miraban otra cosa,
fijos en el umbral anhelante.
Trago amargo de la nada
que a todos espera.
Así
tendido
en la desnuda cama de hospital,
respiró últimas bocanadas de vacío
ese otro nuevo hombre
para otro nuevo lienzo
de la lección de anatomía.
Muchacho de barrio,
o sea,
persona universal,
capaz de mano sincera
y odio preciso,
se jugaba la vida en voz baja.
El vino de los días
se le derramó por dentro
quemándole un hálito
de entrañas anegadas.
Degollados
disertaron sobre su cuerpo exánime,
a puerta cerrada,
los médicos de guardia.
Después lo envolvieron
estrechamente
en sábanas blancas,
como si pudiera escapar,
o desparramarse
por los mundos
que lo vieron desafiando
al sacro orden del absurdo.
No quiso vivir a medias,
morir a medias.
Se fue del todo.
Siempre hay muchos como él.
Hoy,
en los portales del IV Reich,
los pienso a ellos,
a nosotros,
como el túnel
que cavará la luz.
Están, estamos,
en cualquier esquina,
en el café o el aula,
en el taller, la cancha,
la redacción de un diario,
los campos desbocados.
Somos,
son,
los que nos jugamos la muerte,
los que siempre fuimos derrotados,
traicionados,
para vencer al fin,
una y otra vez,
la victoria segura
de lo cotidiano.
La guerra afila
su prueba de fuego.
Todo verdor
renacerá.
Un buen día
todos los días
digo
salvarán,
salvaremos,
al mundo.
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